Carlota "amansabejas"

Ellas salen volando por las veredas indelebles de Carlota. Y entonces el carruaje de las reinas madres, los zánganos y la abeja obrera se meten debajo del brazo de la leña y comienza una danza de azúcar. Nuestros cuerpos se atormentan de azules y cantos de pájaros criollos.

Vemos infinidades de retratos, en la pared blanca de recuerdos, en forma de acrósticos. Alguien avisa que la lluvia se acerca por el Este; por allá, por donde están aquellas matas de yaque. Porque Carlota solamente tiene la particularidad de levantar su mirada y reconocer si habrá tormenta esta noche. Hay tantas alcahuetas en esta conversación que es mejor no hablar en voz alta. Este horno de leña está prendido desde que yo era señorita. Yo salgo todos los días al patio a redondear el aripo de barro, el aripo de tantos amores de tantos transeúntes aquí pidiendo que le expliquen cómo se elabora el mundo del barro. Y yo le digo que este trabajo es facilito, tú no ves, como yo me meto este círculo aquí entre las piernas y salen figuras ancestrales. La experiencia mijo, la experiencia, y la tradición que no muere sino cuando yo me vaya.

Dime tú, ahora, yo después de vieja, cuidando abejas.

No ves que yo no quiero que ellas vayan tan lejos a buscar agua. Y es que ahora este es mi trabajo. Estar pendientes para que ellas no vayan tan lejos sino que vivan haciendo miel. Ponerle agua para que beban. Los años finales se me han ido pegando a las diez colmenas, y al tanto ir y regresar, a la misma cueva donde yo soy la única que sé donde está el barro bueno para mis piezas. No me pregunten cuántos años tengo, porque creo que fue a comienzo del siglo pasado, tal vez hace ya bastantes lunas. Mírenme esas manos limpiecitas, pulcra, de naturaleza viva. Pero no crean otra cosa porque es que esta memoria se me emborrona de vez en vez, no sé si será de tantas medicinas. Y de dónde salieron ustedes, que yo no los vi entrar por la puerta azul. ¡Ay mis Ángeles Dios me los bendiga! No se les olvide venir siempre por aquí. Y aquel rosario de subjetividades, saludos y bienaventuranzas tiene que servir para algo. Si ella ya cruza los 90 años. Y las abejas son relojes del tiempo que la levantan todas las mañanas. El tiempo en Kant se fue volteando en insectos en aceite de coco. En toma y dame, de que esto es mío y no te lo daré a cambio de nada. Ceboeflande en la comisura de los labios. Y Carlota sentada de piernas extendidas con arcilla en su parte íntima haciendo girar su humanidad con costilla y tabaco hacia adentro. Y todo aquel zaguán era la magia de la aldea. Y la señal de los animales en celo.

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