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e niña soñaba con ser médico, al igual que sus padres: ella patóloga y él cardiólogo. Pero con el transcurrir del tiempo, un olfato reñido con los olores glaciales que se respiran en los adentros de clínicas y hospitales terminó disuadiéndola de tal propósito. A poco para culminar el bachillerato, estaba convencida de que lo suyo era la arquitectura, pero una breve estadía entre maquetas le hizo ver que ese tampoco era su camino. Entonces ingresa a la escuela de comunicación social de la UCAB. Allí sí se sintió a gusto.

Pero más que en las aulas de clase, fue en el grupo de teatro de esa universidad donde Daniela se enamoró del arte de comunicar mediante la mezcla y los ajustes del sonido. Allí convirtió la cabina del teatro universitario (TUCAB) en su templo y el accionar de consolas y micrófonos en una liturgia.

“La acústica y la exploración de cómo suena el mundo constituyen un arte y son mágicos. Yo soy egresada del Colegio Emil Friedman y allí me enseñaron no sólo a ejecutar la flauta transversa para orquesta, sino también me enseñaron a oír, a detectar cómo se mueve el sonido. Pero, principalmente, el Friedman hizo que escuchar se transformara en una parte clave de mi vida”, dice.

Hoy, como tantos otros venezolanos, está radicada en Ciudad de Panamá. Allí se dedica a su gran pasión: el sonido. Ha trabajado para importantes proyectos audiovisuales: cortometraje Silencio chino, tres temporadas con Acapulco Shore (el show más visto por cable en Latinoamérica), seis temporadas con MTV’s Challenge (con locaciones en Suráfrica, Argentina, México, España, Colombia, Tailandia y República Checa), Amazin Race, Large Sreen Cinema (documental para IMAX sobre la apertura de esclusas del Canal de Panamá), Deutche Well Latinoamérica, comerciales para Movistar, Copa, Metro de Panamá, entre otros. Como ocurre con muchísimos compatriotas radicados en el extranjero, Daniela es talento criollo para el mundo.