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on muchas las explicaciones: escritos, teorías y experiencias que se tienen acerca de No tener ganas de comer. La pérdida del apetito, el comer poco, dejar la comida, exponerse a varias horas sin comer, acostumbrarse a pasar varias horas y días sin comer es objeto de mucho estudio. Mi teoría es que “cuando se pierde el apetito, algo no anda bien”. Porque el comer, alimentarse, ingerir aunque sea poca porción de comida de alguna manera el organismo lo exige, lo reclama; en función de la actividad, edad, de los recursos, en fin de lo que se consiga, y ofrezcan los mercados. Lo que se logre “rasguñar”. La comida es el “combustible” diario del organismo. Los alimentos suministran la energía diaria necesaria para el buen funcionamiento.

Las ganas de comer están asociadas, al ánimo, el ambiente, las condiciones internas y externas que forman parte del individuo. Hay quienes se apasionan tanto con el trabajo, se entregan a la computadora, a las responsabilidades, que no están pendientes de comer. Es tanta la presión, la demanda, la exigencia por entregar un trabajo, por hacer una tarea, que popularmente se dice: “comemos después, no hay tiempo que perder”, primero el trabajo, la tarea, la responsabilidad, lo pendiente por entregar, luego comemos cualquier cosa. Las deudas por tener que pagar, la falta de recursos, la necesidad, tu palabra comprometida, la responsabilidad, tu imagen, te obligan y compromete a permanecer activo.

En otros individuos, los nervios le dan por comer todo, por “llevarse por el medio todo lo que consiguen”, la ansiedad los lleva masticar a ingerir, a comer cuanta comida se les presenta y ven; mientas que hay otros que los nervios les provocan no querer llevarse nada a la boca, el estómago “mentalmente se adecúa a la realidad de la persona”, y “ la aguja” que indica la “H” de hambre, parece no activarse, las ganas de comer desaparecen ante la angustia, las preocupaciones, el trabajo. Hay cosas “muy importantes” que concentran toda la atención. Descuidándose algo tan vital como es el comer a tiempo, mantener el apetito.

Por otro lado hay quienes se planifican y establecen sus horarios para comer, trabajar, jugar, manteniendo un orden, que les permite alimentarse bien. Tiempo para trabajar, comer, hacer la siesta y disfrutar. Trabajan, tienen responsabilidades que cumplir, también sus angustias, preocupaciones, problemas, pero están claros que hay que comer, no hay que dejar de alimentarse, así el cuerpo no parezca pedirlo. Tener a su lado a una persona que le recuerde ese hábito, cumplir con esa rutina es fundamental. Y si le tiene la sopita, ensalada, el sándwich oportuno, mucho mejor, y hasta la fruta y el quesillo para merendar. Para todo eso hay que tener ganas, planificarse y contar con los recursos. Una estructura, responsabilidad y equipo.

Dejar de comer, no sentir hambre, no tener apetito está muy, pero muy relacionado a la mente, a la disposición psíquica que se posea. Puedes tener el dinero, puedes comprar lo que quieras, pero si tienes algo que te perturba, un problema, un malestar, una enfermedad, un síntoma “X “, se ve afectado el panorama. Si no estás concentrado, o no tienes tu mente clara, fresca, las horas de comer, los horarios establecidos se saltarán; difícilmente podrás cumplirlo. El organismo, la mente, todo el cuerpo se desarticula y el proceso alimenticio se perturba de tal manera que la persona puede ingerir alimentos, pero se muestra débil, pálido, desganado, con signos y síntomas de enfermedad.

Insistir en la comida, en la alimentación, es parte de la lucha diaria. Buscar el pan como sea, llevar el pan a la casa, pensar que voy a preparar hoy, que voy a cocinar, es parte del día a día. Máxime en estos tiempos cuando todo se ha puesto tan difícil y el organismo se está habituando a una realidad diferente, donde el desayuno, almuerzo, y cena, no se da todos los días, y en muchos casos una sola comida.

Las ganas de comer, sentir hambre, tener buen apetito entran por los sentidos. Probar la comida y sentirla agradable, con un gusto especial, exquisita, estimulará las ganas de comer. Los olores, ese aroma a comida rica, ayudarán muchísimo. Así como la preparación espectacular, esa mirada, ese impacto visual, “comer con los ojos” se hace realidad porque la imaginación vuela y rápidamente echamos rienda suelta a los pensamientos. El estómago “se alegra”, el cuerpo se entusiasma, y el placer de comer se convierte en algo “inolvidable”, “que buena estuvo”, “quedé a gusto”, “que se repita”, “muy buena”…” puedo repetir”, “ me sirves nuevamente”, “ invítame todos los días”, “ espero que volvamos a comer juntos, que sea pronto”.

También ayuda la tranquilidad. La decoración, la preparación del ambiente. Buena música, buen vino, una imagen de la televisión y una sana conversación, serán suficientes para que todos los que comparten la mesa, disfruten del manjar, puedan quedar satisfechos, muy complacidos con la comida. Sabor, presentación, variedad, y esa paz para degustar cada sorbo, cada pedazo, cada plato, serán elementales para no dejar de comer, para mostrar buen apetito.

Las enfermedades, el malestar del cuerpo, sentirse o estar enfermo: operado, limitado, impedido por algo, serán razones más que suficientes para sentir o no apetito, para comer o no. Siempre lo sostuve cuando mamá dejará de comer, la cosa se iba a poner difícil. Insistía yo a cada rato: comió mamá, disfrutó la comida, cómo la vieron, con ganas o desgano. Su actitud me permitía llegar a la conclusión: se siente mejor, está estable, o se complica. Por cuanto es una respuesta muy natural si comes con gusto, si disfrutas la comida, si te diviertes mientras comes, si disfrutas ese momento, es porque el organismo también está bien, o por lo menos demuestra estar complacido. Esa respuesta al estímulo de la alimentación se va transmitiendo, se va reflejando en el estado de salud de la persona, en su mirada, en la aptitud. En la disposición de hacer el trabajo, las actividades.

Hay que concentrarse en el momento, compartirlo, saborear con gusto cada bocado. El mismo organismo manifiesta las ganas de comer, de alimentarse, ya que es ese el “combustible”, son los alimentos, los distintos platos, las frutas, los que ayudarán a reponer las energías invertidas. Es lo que retribuirá las vitaminas, proteínas, los minerales, para crecer sano y fuerte. Prevenir ciertas enfermedades, y hacer el organismo más resistente. Más apto.

Cuando se deja de comer, se deja de sentir apetito, por cualquiera de las causas antes señaladas, o porque se le niegue a la gente un plato de comida, es preocupante. Si la persona lo hace por su propia voluntad preocupa, y si lo hace inducido por otra persona, o por otras fuerzas, también preocupa. Ya que en todos los casos está en juego la vida del ser humano.

Las madres son sabias, las amas de casa lo saben, de allí la insistencia en llamar a los hijos “muchachos vengan a comer”. Y por eso es la preocupación, la angustia de cada día que ofrecerle a sus hijos, cómo alimentarlos, cómo ayudarlos a crecer sanos y fuertes. Porque ellas saben que si no se les alimenta ahora, en este momento, el presente y futro de esa generación está comprometido. Existen organismos dedicados a estudios muy científicos, que alertan sobre los peligros por la falta de alimentos, por la pérdida de apetito en las personas. Por lo pronto trate de mantener ese equilibro de comer algo, y si está perdiendo el apetito, las ganas de comer repentinamente, visite al médico, al especialista. No lo deje para mañana, puede ser tarde.