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os tiempos pasan pero los "recuerdos quedan", reza un viejo proverbio muy arraigado dentro de las comunidades campesinas margariteñas. En efecto, los tiempos en la Isla de Margarita han cambiado enormemente. Ya las romerías de feligreses hacia el Santuario de Nuestra Señora del Valle -la Excelsa Patrona de Oriente-, no se hacen a pie como en los tiempos remotos; ni los cantos populares, al compás de típicos instrumentos, rompen el silencio de las noches isleñas animando a los conjuntos de conuqueros y de playeros en su devoto peregrinar hacia El Valle del Espíritu Santo a llevarle a la Virgen su parte del trabajo del conuco o del mar, que "centavo a centavo" y "locha a locha" habían ido "acuñando" (economizando) todo el año, hasta reunir los tradicionales "cinco pesos" (Bs. 20,00) "para mostrárselos a ella misma frente a su propia carita", amarrados ''ñudo sobre ñudo'' en el viejo pañuelo herencia de la abuela, al que habían dado carácter de reliquia sagrada, e irle sacando la cuenta detalladamente, con la mayor de las satisfacciones, en demostración de excesiva honradez o de temor al castigo celestial, en la ingenua creencia de que a "La pendejita", como también solían denominar a la Virgen Santísima, no se le podía engañar, ya que ella estaba dotada del sagrado don de saberlo todo, por estar en todo sitio y lugar al mismo tiempo, dándose cuenta de lo que le ofrecían o de lo que por derecho de "madre de la divina gracia" le correspondía en lo que pertenecía a sus amados hijos.

Claro está, que de aquellos remotos tiempos sólo el recuerdo es lo que va quedando. Cantidades de factores que sería prolijo enumerar han ido contribuyendo a transformar la idiosincrasia misma de los pueblos. Las personas han ido cambiando, tanto en su forma de pensar como en su manera de actuar, lo que ha obligado a que el mundo cada día vaya tomando otros rumbos y despejando nuevos horizontes.

El descubrimiento de la verdad histórica acerca de la llegada de la Virgen del Valle a estos predios después del movimiento telúrico que destruyó a la opulenta Nueva Cádiz de Cubagua, ha hecho despertar el mito casi irreversible transmitido en forma oral de generación en generación referente a su aparición divina en la Cueva del Piache, a los representantes de una comunidad de guaiqueríes que comenzaban a adoctrinarse en una nueva creencia venida de allende los mares.

Pero con todo esto, la verdadera y auténtica fe del margariteño en la "Madre de Dios" y el amor por su culto, no se ha podido desarraigar totalmente del alma de las actuales generaciones de conuqueros y de playeros isleños, que cada día la adoran y aman de corazón, aunque de manera muy diferente a como antes se hacía. Para demostrar lo dicho, sólo bastaría con mencionar uno de los curiosos casos acontecidos en estos últimos años, cuando un fervoroso y respetable devoto de la Virgen, haciendo gala de su acendrada fe, se encargaba de colocar en una humilde casita pueblerina, uno de los afiches elaborados para promocionar las festividades religiosas; frente a la mirada absorta de varios menorcitos que observaban el hecho, irrumpió una jovencita muy emperifollada y pizpireta, quien olvidando un poco lo que de ella se pudiera pensar y deslastrada totalmente de complejos mundanos, con un ademán gracioso por demás, empezó a gritar muy entusiasmada: "corran, corran rápido; vengan, vengan ligero; vengan para que vean a La Pendejita” -quedándose extasiada observándola ella también corno impulsada por una fuerza superior---, mientras que los demás, a coro, respondían: "Sí, sí, La Pendejita; La Pendejita, cómo si está este año más bonita, más linda, más preciosa que nunca".

"La Pendejita", otro de los tantos apelativos o quizás el más íntimo, conque los campesinos margariteños congracian amorosamente a su Virgen del Valle, dentro de la mayor de las consideraciones y el más puro de los respetos cristianos.