Edición Octubre | Diciembre 2018

Por Los Senderos de Margarita… Cuento de Caminos

José Joaquín Franco Cheguaco (+)

¡El Loco de Los Robles ¡

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acarigua es un pueblo céntrico de Margarita, el más equidistante de las costas de la mar por todos los puntos cardinales; agrícola por excelencia y donde concurrían las vendedoras de pescado, especialmente de Manzanillo, El Tirano y Juangriego, con sus maras repletas de productos marinos, para regresar a sus casas con ellas cargadas de todo lo que producían los conucos, huertas y sierras labrantías, sin que nada les costara.

Se cuenta que durante la segunda década del siglo que fenece, conocido como el de las luces, no sabemos por qué; en temporadas, algunas veces largas y otras cortas, frecuentaba la localidad, un hombre de mediana edad, desgarbado, andrajoso, poblado de barba, que sufría de un mal mental exagerado, a quienes todos conocían como "el loco de Los Robles", sin que se supiera a ciencia cierta si el orate era o no vecino del pueblo de ese nombre. Al tal loco se le tenía un miedo pavoroso, porque era malo de verdad-verdad, cometía tremenduras de todas las especies y formas, asaltaba las viviendas, se llevaba cuanto encontraba, mataba los animalitos domésticos, perseguía a los muchachos y hasta a los adultos; de modo que todo el mundo para medio protegerse del bendito enajenado mental, cerraban las puertas de las casas cuando las tenían y si no, las dejaban a la voluntad de Dios, pero nadie se atrevía a hacerle frente ni mucho menos daño personal, dejándolo tranquilo hasta que se cansara y se fuera hacia otra parte o hacia donde mismo había venido.

Se cuenta que en una ocasión, una tiranera o manzanillera, no podemos precisarlo bien, estaba con su mara en pleno suelo, vendiendo un enorme carite que traía y el cual picaba por ruedas con un desproporcionado cuchillo amoladito que exhibía, para remediar al círculo de mujeres, viejas y mozas que la rodeaban, cuando escucharon los gritos estridentes, ya muy cercanos, del enajenado mental; muchas echaron a correr para ponerse a salvo, mientras que otras, atacadas por un nerviosismo paralizante, no pudieron hacerlo, resignándose a Dios y a los Santos y al ánimo que les influía la vendedora, que les rogaba que se quedaran tranquilitas.

Cuando el loco se acercó completamente a ellas, es decir, a las que quedaban, se limitó a abrirse la bragueta del desarrapado pantalón que medio lo hacía vestir, sacándose su naturaleza con todo y manojo, poniéndolo sobre la palma de su mano izquierda totalmente abierta, mientras que con un dedo de la otra, simulando un cuchillo, simplemente les decía: "como van a querer, para la cabeza o para la cola"; mientras que la pescadera, sacando ánimos de tripas corazón, le gritó: "yo si de verdad que te corto esa vaina loco del carajo", fingiendo abalanzarse sobre él. El orate salió despavorido gritando más que nunca. No sabemos si del viaje le volvió el juicio, pero si dijeron después, que a lo único que le tenía pavor era a los cuchillos de las vende pescado...

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