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radicionalmente en Margarita los últimos minutos del año eran de recogimiento. Las calles se tornaban solitarias. La gente se reunían en sus habitaciones para despedir al viejo y recibir al año nuevo. Solamente al campanero, si lo había, al policía o al comisario se les permitía estar fuera de los hogares para cumplir el mandato que les correspondía, como era cerciorarse de la hora del "Fin y la llegada del año", por medio del reloj, si lo tenían o de la señal de cacho o de botuto trasmitida desde un punto distante y repetidora de otra que obtenía de algún pueblo lejano, para disparar el cañón una o más veces y echar al vuelo las campanas en un repíque alegre y largo, aunque ensordecedor, anunciador de que ya había "Partido el año".

En ese instante empezaban las cruzadas de brazos sobre el pecho y las bendiciones de los mayores hacia los de menor edad. I comenzaban a escucharse los llantos y a derramarse lágrimas por los muertos de la familia o por los ausentes que no tuvieron la dicha de hacer el acompañamiento o las estridentes rizotadas de alegría por encontrarse todos juntos. Desde ese momento apreciábanse los abrazos, los besos, las palmaditas en la espalda y las consabidas frases "Feliz Año Nuevo" con que todos se saludaban aunque tuviesen las relaciones medio cortadas y las volvieran a seguir teniendo después de las felicitaciones. Aquello era como un momento de amnistía espiritual a la cual todos los mortales tenían que acogerse.

En las mesas se colocaban los ricos manjares de los poderosos y acaudalados o las raciones misérrimas de los humildes y desamparados de la fortuna, en demostración de que Dios sabría mantener el pan de todo el año. Las bebidas volvían a aparecer con profusión y todo lo que se había podido acumular como obsequio para los presentes y para los visitantes. Los pasteles de cochino, de cachicamo o de gallina, los dulces de lechosa, de guayabas, de cerezas o de jobos eran una obligatoriedad en señal de la dulzura que debería reinar por mandato divino. Los tragos embriagantes y espirituosos no podían pasar por desapercibidos ni renunciarse en esos trances, porque era chocar con la cordialidad que el Todopoderoso se servía imponerles, y así sucesivamente a cada cosa se le daba un significado que había venido trasmitiéndose de generación en generación en forma oral y respetándose como ley natural.

La música y los cantos volvían a escucharse entre las casas. Las parrandas volvían a recorrer las calles y caminos. Los cuatros, las maracas, los charrascos, los cumbios los furrucos, los tambores, los triángulos, las guitarras, las bandolas y los bandolines eran los instrumentos de rigor. Los aguinaldos, los polos,las gaitas, las malagueñas, las zumbaquezumbas, las sabanablancas y las jotas madrugadoras, eran las tonadas favoritas. Cantaban los que sabían y hasta los que no sabían, en son de cordialidad y de camaradería Las diversiones y los bailes populares empezaban con la madrugadita y se llevaban todo el día y parte M otro si aún era posible. Ni las mujeres ni los niños ni siquiera los lísiados se salvaban de esas festividades, No habían puertas que se cerraran ni boquetes que se taparan para impedir el paso a los parranderos, porque ya aquello estaba predestinado así por el Ser Supremo.

Por otra parte, los ricos como ricos y los pobres como pobres, lucían sus mejores perchas en ese día, sin importarles que las estropearan. Para eso era día de Año Nuevo que era como decir día de alborozo, de reconfortación y de jolgorio. Todo mundo se preocupaba por tener algo que estrenar en esa memorable fecha, Sí no el Flux o la "muda" completa aunque fuese parte de ella o una prenda cualquiera por insignificante que pareciera. Las Iglesias y las Capillas permanecían abiertas las 24 horas pan que los patronos vieran lo que se estaba haciendo, y al terminar se. daban gracias al Soberano por las bondades concedidas y se les pedían en arranque de fervorosa fe, favores para todo el año.