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Los nacimiento, pesebres o portales de ataño

Las pascuas de antaño en Margarita eran más solemnes, aunque más pobre que las de ahora. Menos lujosas pero con mayor devoción.

En todas las casas de familia, por humilde que fueran, se adornaba al “Niño Dios”. Los nacimientos, pesebres o portales, como también se les llama en recordación al “Portal de Belén” eran imprescindibles. Unos más sencillos, otros más despampanantes. La mayoría arrinconaditos en el “Santo Suelo”. Algunos sobre pisos de ladrillos. Casi todos con sus rústicas talanqueras del alto de las rodillas y su pequeña enramada, techo de palmas o de hoja de caña dulce, con su “Niñito Jesús” y la Virgen María y el casto José, es decir la Santa Familia dentro, entre pajas secas y toallas sencillísimas. Por los alrededores piedras ordinarias, caracueyes de corazones enrojecidos por la sangre de los “Inocentes” degollados por Herodes, según las añejas creencias, hierbas mortecinas, ramos de olivo y de guayacán simulando árboles vivos y cantidades de pastorcitos arriando a sus manadas de carneros, de cabras, de reses y de mulas. La paloma del Espíritu Santo o de la Paz. La Tucusita o Turcuchita de la Virgen. El Gallito de la Pasión. EL burrito negro de San José y otros animalitos; todos artificiales y en su mayoría de fabricación casera.

El caminito de tierra por donde venía bajando del oriente, uno tras otro y en sus flamantes camellos, los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar. Uno negro, barbudo y viejo; otro blanco, lampiño y joven y el otro jipato y de mediana edad, siguiendo la ruta que les señalaba una resplandeciente estrella hecha de cartón abrillantado o de hojalata, para traerle al “Niño” sus ricos presentes, de incienso, mirra y piedras preciosas. Pedacitos o espejos completos diseminados por todo el espacio simulando lagunas con sus patios de variados colores. Lucecitas de aceite de coco nadando en vasos de agua pintada de rojo, amarillo y morado, la más de las veces. Flores del monte o de los jardines y frutas y frutos silvestres regados por entre las piedras y los caracueyes...

Así eran los pesebres, nacimientos o portales del tiempo de antes, que se empezaban a construir, con gran regocijo, desde el 15 de diciembre y se desmantelaba el 21 de enero, día de Santa Inés. Donde se adoraba al Niño y a la Santa Familia, todas las noches después del 24 y se cantaban aguinaldos, jotas, polos y malagueñas, sabanablancas, gaitas y fulías y se obsequiaban café, cacao, ron blanco o con ponsigué, anisao, panes, calillas, dulces de lechoza, de jobo, de pan del año y de cuanto Dios criaba, y se le pedían favores y se obtenían milagros.

Todo esto ha ido desapareciendo lentamente con el transcurrir del tiempo y las incursiones de otras creencias y de otras costumbres y de otras suntuosidades a la Isla de Margarita, al punto, que ni siquiera con el incentivo de Organismos públicos y privados, han logrado restablecerse totalmente. ¡Bendito sea Dios, Margarita espléndida, como te nos has ido escurriendo de entre las manos tan tranquila y silenciosamente!  

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